8 Oct

Gaston Bachelard

 

Gaston Bachelard –epistemólogo, filósofo de la ciencia y teórico de la imaginación– influyó en figuras esenciales de la generación estructuralista y postestructuralista de la posguerra. A través de Jean Cavaillès y, especialmente, en relación con la obra y la dirección de Georges Canguilhem, Michel Foucault descubrió su orientación concreta al investigar la historia de los conocimientos. Asimismo, cuando Louis Althusser halló inspiración en el concepto de “discontinuidad” de Bachelard –que él tradujo como “ruptura epistemológica”–, una generación de filósofos marxistas descubrió estímulos para reexaminar las nociones de tiempo, subjetividad y ciencia.

Gaston Bachelard nació en 1884 en la Francia rural, en Bar-sur-Aube, y murió en París en 1962. Después de trabajar en el servicio postal (1903-1913), fue profesor de física en el Collège de Bar-sur-Aube entre 1919 y 1930. A los treinta y cinco años, Bachelard emprendió nuevos estudios, esta vez de filosofía, y completó su agrégation en 1922. En 1928 publicó su tesis doctoral, que había defendido en 1927: Essai sur la connaissance approchée (Ensayo sobre el conocimiento aproximado) y su tesis complementaria, Étude sur l’évolution d’un problème physique, La propagation thermique dans les solides (Estudio sobre la evolución de un problema fisico: la propagación térmica en los sólidos). Sobre la base de esta obra, en 1940 le ofrecieron la cátedra de historia y filosofía de la ciencia en la Sorbona, puesto que ocupó hasta 1954.

Tres elementos esenciales del pensamiento de Bachelard lo convirtieron en un filósofo y pensador único e hicieron que su obra fuera crucial para la generación de estructuralistas de posguerra. El primer elemento se refiere a la importancia de la epistemología en la ciencia. En este sentido, si los científicos poseían una comprensión deficiente de su propia actividad, ello supondría un obstáculo, fundamental para la aplicación de su trabajo. La epistemología es el terreno en el que se comprende el significado de los esfuerzos científicos. Como escribió Bachelard en La philosopbie du “non” (la filosofía del “no”): “El espacio en el que se mira, en el que se examina, es filosóficamente muy distinto al espacio en el que se ve” (1). La razón es que el espacio en el que se ve es siempre un espacio representado, no un espacio real. Sólo se puede tener en cuenta este factor si se recurre a la filosofía. De hecho, Bachelard pasa, a continuación, a defender “un estudio sistemático de la representación, el elemento intermedio más natural para determinar las relaciones de noúmeno y fenómeno” (2). Estrechamente asociada a la interacción entre la realidad y su representación se encuentra la defensa inquebrantable que Bachelard hace de la relación dialéctica entre racionalismo y realismo; o empirismo, como puede también llamarse. Así, en el que quizá se convirtió en su libro más influyente para el público en general, El nuevo espíritu científico, este verdadero poeta de la epistemología afirma que existen esencialmente dos bases metafísicas predominantes: racionalismo y realismo. El racionalismo –que incluye la filosofía y la teoría– es el campo de la interpretación y la razón; por otro lado, el realismo ofrece al racionalismo el material necesario para sus interpretaciones. Limitarse a permanecer en un plano ingenuo e intuitivo –el nivel experimental– a la hora de captar hechos nuevos es condenar la comprensión científica al estancamiento; no puede llegar a saber lo que está haciendo. Del mismo modo, si se exagera la importancia del aspecto racionalista –quizá incluso asegurando que, en definitiva, la ciencia no es más que el reflejo de un sistema filosófico subyacente–, puede producirse un idealismo igualmente estéril. Por consiguiente, para Bachelard, ser científico es no dar prioridad ni al pensamiento ni a la realidad, sino reconocer el nexo inextricable entre ambos. Bachelard capta lo que está en juego en esta frase memorable: “La experimentación debe dejar paso al argumento y el argumento debe recurrir a la experimentación” (3).Todos los escritos de Bachelard sobre el carácter de la ciencia se rigen por este principio. Con su formación científica y filosófica, Bachelard era un ejemplo de la posición que intentó defender en su obra. Como es de prever, un libro como Le Rationalisme appliqué (Elracionalismo aplicado) pretende demostrar la base teórica de distintos tipos de experimentación. Un racionalismo profundo es siempre un racionalismo aplicado, que aprende de la realidad. Pero eso no es todo. Bachelard está también de acuerdo en que el empirista puede aprender del teórico aspectos de la realidad cuando –como ocurre con Einstein– la teoría se desarrolla antes que su correlato experimental. La teoría lo necesita para confirmarse. Con la importancia que daba a la epistemología, Bachelard unió ciencia y filosofía de una forma raramente vista hasta entonces. Las ciencias humanas y naturales hallan verdaderamente aquí a su intermediario, en el hombre que, al final, acaba por escribir una “poética” de la ciencia.

El segundo gran aspecto de la obra de Bachelard que ha tenido especial influencia en relación con el estructuralismo es su teorización de la historia de la ciencia. En pocas palabras, Bachelard propone una explicación no evolutiva del desarrollo de la ciencia, en la que los avances anteriores no explican necesariamente el estado actual. Por ejemplo, según Bachelard, no es posible explicar la teoría de la relatividad de Einstein como un desarrollo a partir de la física newtoniana. Las nuevas doctrinas no se desarrollaron a partir de las viejas, afirma, “sino que, más bien, las nuevas envolvieron a las viejas”.Y continúa: “Las generaciones intelectuales están encajadas unas dentro de otras. Cuando pasamos de la física no newtoniana a la newtoniana, no nos encontramos con la contradicción, sino que la experimentamos” (4). Basándose en ello, el concepto que enlaza los descubrimientos con una serie de hallazgos anteriores no es la continuidad sino la discontinuidad. Existe, pues, una discontinuidad entre la geometría euclidiana y no euclidiana, entre el espacio euclidiano y las teorías de localización, espacio y tiempo propuestas por Heisenberg y Einstein. Una vez más, Bachelard destaca que, en el pasado, la masa se definía en relación con una cantidad de materia. Cuanto mayor era la materia, mayor era la fuerza que se consideraba necesaria para oponerse a ella; la velocidad era una función de la masa. Con Einstein sabemos, actualmente, que la masa es una función de la velocidad, y no a la inversa. Lo esencial aquí no es que las teorías anteriores tuvieran carencias y por tanto se opusieran, sino que las nuevas teorías tienden a trascender por completo las teorías y explicaciones anteriores de fenómenos, o a mostrar discontinuidad respecto a ellas. Como expone Bachelard:

 

Sin duda, existen ciertos tipos de conocimiento que parecen ser inmutables. Ello hace pensar a algunas personas que la estabilidad del contenido se debe a la estabilidad del continente o, en otras palabras, que las formas de racionalidad son permanentes y no es posible ningún nuevo método de pensamiento racional. Pero la estructura no procede exclusivamente de la acumulación; la masa de conocimiento inmutable no posee tanta importancia funcional como a veces se cree (5).

 

De hecho, afirma Bachelard, los cambios –en ocasiones, radicales– en el significado de un concepto o en el carácter de un área de investigación son lo que mejor caracteriza la naturaleza del esfuerzo científico. Por tanto, lo que la ciencia tiene de nuevo es siempre revolucionario.

Como añadido a la concepción de Bachelard sobre el desarrollo científico, es importante advertir que todo el pensamiento científico “es, en su propia esencia, un proceso de cosificación”, un sentimiento con el que Pierre Bourdieu (antiguo alumno de Bachelard) estaría completamente de acuerdo. Además, al hablar del pensamiento científico de la era moderna, Bachelard advierte que tiende fundamentalmente a ver los fenómenos desde el punto de vista de su relación y no de su sustancia, es decir, por tener cualidades esenciales propias. Esta observación indica claramente un rasgo presente en el pensamiento estructuralista contemporáneo. Como confirma Bachelard: “Las propiedades de los objetos en el sistema de Hilbert son puramente relacionales, y no sustanciales” (6).

Cuando afirma que “la asimilación de lo irracional por parte de la razón nunca deja de producir una reorganización recíproca del terreno de la racionalidad” (7), Bachelard confirma el carácter dialéctico de su enfoque, un enfoque recordado, aunque en un contexto diferente y con objetivos distintos, por Julia Kristeva y sus conceptos de lo “semiótico” y lo “simbólico”. El pensamiento se encuentra siempre “en proceso de cosificación” (8); nunca es algo determinado y completo, nunca es algo cerrado en sí mismo y estático, como solían pensar ciertos científicos.

Asociada a esta concepción del pensamiento se encuentra la postura anticartesiana de Bachelard. Si Descartes había afirmado que, para progresar, el pensamiento debía partir de ideas claras y sencillas, Bachelard argumenta que no existen ideas sencillas, sólo complejidades, como se ve especialmente cuando esas ideas se aplican. “La aplicación es complicación”, afirma. Además, aunque la mejor teoría parece ser la que explica la realidad de la manera más sencilla, nuestro autor responde que la realidad no es sencilla nunca y que, en la historia de la ciencia, los intentos de lograr la sencillez (por ejemplo, la estructura del espectro del hidrógeno) han resultado invariablemente ser simplificaciones excesivas cuando, al final, se reconoce el carácter complejo de la realidad. Como idea derivada de Descartes, la sencillez no se ajusta adecuadamente al hecho de que todo fenómeno es un tejido hecho de relaciones y no simple sustancia. Por consiguiente, los fenómenos sólo pueden captarse mediante una forma de síntesis que corresponde a lo que Bachelard llamó, en 1936, surrationalisme (9). El surracionalismo es un enriquecimiento y revitalización del racionalismo mediante la referencia al mundo material, de igual manera que, desde otra dirección, el surrealismo intentaba revitalizar el realismo a través del sueño.

Otra dimensión influyente del pensamiento de Bachelard es su análisis de las formas de la imaginación, especialmente las imágenes relacionadas con los temas de la materia, el movimiento, la fuerza y el ensueño, así como las imágenes asociadas del fuego, el agua, el aire y la tierra. Bachelard, en obras como La Terre et les rêveries de la volonté (La tierra y los ensueños de la voluntad), incluye numerosas referencias a la poesía y la literatura de la tradición cultural occidental, referencias que utiliza para ilustrar el trabajo de la imaginación. Este último debe diferenciarse de la percepción del mundo exterior traducida en imágenes. El trabajo de la imaginación, como afirma nuestro autor, es más fundamental que la percepción de las imágenes; es cuestión de afirmar, por tanto, el “carácter psíquicamente fundamental de la imaginación creativa” (10). La imaginación no es un mero reflejo de las imágenes exteriores, sino una actividad sujeta a la voluntad del individuo. Bachelard pretende investigar los productos de esa voluntad creativa, que no pueden predecirse partiendo del conocimiento de la realidad. En cierto sentido, pues, la ciencia no puede predecir la trayectoria de la imaginación, porque ésta posee un tipo especial de autonomía. Estar sometida a la voluntad significa que la imaginación –como para algunos surrealistas– está relacionada con la fantasía semiconsciente (rêverie) más que con los procesos inconscientes (condensación, desplazamiento, etc.) del ensueño. En realidad, este factor, junto a su interés por los arquetipos, sitúa a Bachelard mucho más cerca de Jung que de Freud. También recuerda a Jung el énfasis que pone Bachelard, en su análisis de la imaginación, en los cuatro elementos “primarios” del fuego, el agua, el aire y la tierra, que considera eternamente presentes en una alquimia poética. Es decir, en el horizonte se ve cierto elemento místico (cfr. Psicología y alquimia, de Jung). Además, la insistencia de Bachelard en la prioridad de la relación ya reconocida entre sujeto y objeto, que extrae, no siempre de forma voluntaria, de la fenomenología, significa que, mientras la imaginación podría crear imágenes (casi siempre, sublimaciones de arquetipos), no se piensa que la labor de la creatividad produzca por sí misma dicha relación. De hecho, el sujeto aquí es su majestad el yo, como afirmaba Freud; porque existe una presunción de autonomía que bordea lo absoluto. De esta manera entra en los escritos de Bachelard sobre la imaginación un elemento de cierre aparentemente ausente de sus ensayos científicos.

La imaginación, por consiguiente, es el terreno de la imagen y, como tal, es preciso diferenciarla de la traducción del mundo externo a conceptos. La imaginación produce imágenes y es sus imágenes, mientras que el pensamiento produce conceptos. Sin un surrealismo que aparece con el fin de reavivar la imagen, el mundo de esta última estaría tan encerrado en sí mismo que se marchitaría y moriría. Del mismo modo, si no fuera por cierto surracionalismo, el pensamiento y sus conceptos también se marchitarían, enfermos de su propia perfección y sencillez. En realidad, “apertura” y “complejidad” resumen la posición de Bachelard. En su pléyade de elementos –un poco demasiado jungiana–, el concepto tiende a estar en el lado masculino de las cosas, mientras que la imagen tiende hacia lo femenino. Igualmente, el concepto corresponde a la imagen del día (porque es equivalente a “ver”), mientras que la imagen corresponde a la imagen de la noche. El astuto librito de Dominique Lecourt sobre Bachelard llama la atención precisamente sobre esta característica de la obra del pensador: “En pocas palabras, para repetir los términos de Bachelard, entre sus libros científicos y sus obras sobre la imaginación existe la misma relación que entre el día y la noche” (11). En general, Bachelard se muestra reservado en cuanto a si ambos términos aparecen juntos, es decir, si la imagen aparece en la ciencia y la ciencia en el reino de las imágenes. Sin embargo, la obra de Bachelard, casi a su pesar, ha llegado a considerarse fuente de inspiración para quienes intentan derribar la barrera entre concepto e imagen, con el fin de que las imágenes nuevas puedan convertirse en base de nuevos conceptos científicos y los conceptos nuevos puedan surgir a partir de nuevas imágenes.

Más en concreto, las obras de Bachelard destacan el hecho de que ni el concepto ni la imagen son transparentes y que dicha opacidad indica que en los asuntos humanos existe siempre un elemento de subjetividad. Ello significa que, de los seres humanos, se habla tanto como hablan ellos mismos en los marcos de la ciencia y lo simbólico que constituyen sus vidas. Como expresa de nuevo Lecourt: “Nadie puede leer estos textos divergentes sin percibir una unidad que debe buscarse bajo la contradicción” (12). ¿”Unidad”, o “síntesis”? La respuesta no carece de importancia. Porque, mientras la unidad implica homogeneidad y corre el riesgo de convertirse en una unidad sencilla, la síntesis, como afirmaba Bachelard, tiene que ver con las relaciones, puede existir entre elementos diferentes (siempre que la diferencia no sea radical) y presupone divisiones de algún tipo. Por el contrario, la unidad tiene tendencia a borrar las relaciones. Al final, la oeuvre de Bachelard tiende a encarnar la idea de síntesis que proponía en sus primeros trabajos. Pero era, necesariamente, una síntesis que no podía ver, una ceguera necesaria que formaba parte (en términos existenciales) del lugar desde el que escribía. En este sentido, pues, podría considerarse que la noche tiene prioridad sobre el día en esta obra excepcional.

 

 

NOTAS

 

  1. Gaston Bachelard, The Philosophy of No: A Philosophy of the New Scientific Mind, trad. de G. C. Waterston, Nueva York, Orion Press, 1968, pág. 63.
  2. Ibíd.,pág. 64.
  3. Gaston Bachelard, The New Scientific Spirit, trad. de Arthur Goldhammer, Boston, Beacon Press, 1985, pág. 4. La cursiva es de Bachelard.
  4. Ibíd.,pág. 60.
  5. Ibíd.,pág. 54.
  6. Ibíd.,págs. 30-31.
  7. Ibíd.,pág. 137.
  8. Ibíd.,pág. 176. La cursiva es de John Lechte.
  9. Gaston Bachelard, “Le Surrationalisme”, Inquisitions, 1(1936).
  10. Gaston Bachelard, La Terre et les rêveries de la volonté: essai sur l’imagination des forces, París, Corti, 1948, pág. 3.
  11. Dominique Lecourt, Bachelard ou le jour et la nuit (un essai de matérialisme dialectique), París, Maspero, 1974, pág. 32.
  12. Ibíd.La cursiva es de Lecourt.

 

 

 

PRINCIPALES OBRAS DE BACHELARD

 

Essai sur la connaissance approchée, París, Vrin, 1928. 3ª. ed., 1970 (tesis principal para el doctorado en literatura).

La Valeur inductive de la relativité, París, Vrin, 1929.

Le Pluralisme coherent de la chimie moderne,París, Vrin, 1932.

L’Intuition de l’instant: étude sur la “Siloë”, de Gaston Roupnel, París, Stock,1932.

Les Intuitions atomistiques:  essai de classification, París, Boivin, 1933.

Le Nouvel Esprit Scientifique, París, Alcan, 1934.

L’Expérience de l’espace dans la pbysique contemporaine, París, PUF, 1937.

La Terre et les rêveries de la volonté: essai sur l’imagination des forces, París, Jose Corti, 1948.

La Dialectique de la durée, París, Boivin, 1936.  Nueva ed., PUF, 1950.

La Formation de l’esprit scientifique. Contribution a une psychanalyse de la connaissance objective, París, Vrin, 1938; 8ª. ed., 1972.

    Le Psychanalyse du feu, París, Gallimard, 1938.

    La Philosopbie du “non”, París, Presses Universitaires de France, 1940.

    El agua y los sueños (1942), Madrid, FCE, 1994.

La Terre et les rêveries du repos. Essai sur les images de l’intimité, París, Jose Corti, 1948; 6ª. impresión, 1971.

    Le Rationalisme appliqué, París, PUF,1949; 3ª. ed., 1966.

Le Materialisme rationnel, París, PUF, 1953; 2ª. ed., 1963.

La poética del espacio (1957), Madrid, FCE, 1993.

La Poétique de la rêverie, París, PUF, 1960; 3ª. ed., 1965.

Flamme d’une chandelle, París, Presses Universitaires de France, 1961.

Le Droit de rêver, París, Presses Universitaires de France, 1970.

 

OTRAS LECTURAS

 

GINESTIER, Paul: Pour connaître la pensée de Bachelard, París, Bordas, 1968.  LECOURT, Dominique: Bachelard ou le jour et la nuit, París, Grasset, 1974.  McALLESTER JONES, Mary: Gaston Bachelard: Subversive Humanist. Texts and Readings, Madison, Universiry of Wisconsin Press, 1991.

SMITH, Roch Charles: Gaston Bachelard, Boston, Twayne, 1982.

TILES, Mary: Bachelard, Science and Objectivity, Cambridge, Cambridge University Press, 1984.

 

 

 

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