Canguilhem, Georges

8 Oct

Georges Canguilhem

 

De acuerdo con Michel Foucault (1), la filosofía en la Francia de la posguerra, además de ser marxista o no marxista, fenomenológica o no fenomenológica, podía dividirse también en dos corrientes de distinto orden: una, la filosofía de la experiencia del sentido y el sujeto; otra, “una filosofía del conocimiento, la racionalidad y el concepto”; una filosofía de base más epistemológica. Si Sartre fue, por supuesto, la figura dominante de la primera corriente, Foucault afirma que el director de su tesis doctoral sobre la locura, Georges Canguilhem, fue el principal representante de la otra. En efecto, Canguilhem, discreto y nada rimbombante, tuvo una influencia sobre los métodos estructurales para abordar la historia, el marxismo y el psicoanálisis que superó con creces, en círculos intelectuales y académicos, la idea del público sobre quiénes eran las grandes figuras. Canguilhem preparó el camino para Lacan en 1956 cuando, en una conferencia pronunciada en el Collège Philosophique, criticó al decano de la psicología clínica, Daniel Lagache. Su artículo se reeditó 10 años después en Les cabiers pour l’analyse, la publicación dirigida durante los años 60 en la École Normale Supérieure (rue d’Ulm) por el yerno de Jacques Lacan, Jacques-Alain Miller. En él figuran las famosas palabras de Canguilhem relativas al aspecto positivista de la psicología como algo equivalente a la filosofía salvo en su rigor, la ética salvo sus exigencias y la medicina sin comprobación (2).

Georges Canguilhem nació en 1904 en Castelnaudary, en el sudeste de Francia. En 1924, junto a Sartre, Nizan y Aron, obtuvo su agrégation de filosofía en la École Normale Supérieure mientras estudiaba con Alain. Tras completar sus estudios de filosofía, Canguilhem se tituló en medicina con el fin de poder enseñar e investigar en el campo de la historia y la filosofía de la ciencia. Después de enseñar en un instituto de Toulouse, Canguilhem impartió clases durante la guerra en la universidad de Estrasburgo; su curso sobre Las Normas y lo normal se convertiría en la base de su tesis, que defendió en 1943 para obtener el doctorado en medicina. En 1955, tras un periodo como Inspector General de educación nacional, sucedió a Gaston Bachelard en la cátedra de filosofía de la Sorbona. En 1961 Canguilhem, como miembro del tribunal ante el que Michel Foucault defendió su tesis sobre la locura, afirmó que su protegido poseía el talento de un poeta cuando hablaba de dicha materia.

Firme defensor de Foucault contra los ataques de Sartre y sus seguidores, Canguilhem preparó el escenario para una historia de la ciencia que se desviaba claramente de todo evolucionismo inevitable y de toda noción acumulativa del conocimiento como progreso. Acostumbró a una generación de pensadores a la idea de una historia estructural de las ciencias, que intenta justificar las discontinuidades tanto como las continuidades en la historia de los empeños científicos. Pocos han sido tan perspicaces como Michel Foucault a la hora de señalar las coordenadas generales del proyecto de Canguilhem desde la perspectiva estructuralista que aquí nos interesa. En pocas palabras, éstos son algunos de los elementos clave que destaca Foucault.

Antes del trabajo de Canguilhem, el método dominante en la historia de la ciencia consistía en ver el pasado como un precursor coherente y continuo del presente. Este enfoque incluye implícitamente la idea de que, después de establecer una ciencia y su objeto, a partir de ese momento ésta se convierte en garante de la verdad. De ese modo, las disciplinas científicas establecidas en los siglos xvii y xviii servirían de base para las ciencias desarrolladas en los siglos xix y xx. El problema de esta teoría es que se basa en una ilusión retrospectiva. Supone que el pasado es una preparación para el presente; pero, aún más, supone que el presente es estático e inmutable y que, por consiguiente, una historia de la ciencia escrita hoy será igualmente válida mañana. Sin embargo, para Canguilhem, lo que caracteriza a la ciencia no es el cierre y la continuidad, sino la apertura y la interrupción. Lo que podría parecer un aspecto menor, o incluso invisible, de la historia de la ciencia, puede hacerse repentinamente esencial al ocuparse de un problema recién descubierto. Así, destaca Foucault, “el descubrimiento de la fermentación no celular –un fenómeno ‘secundario’ durante el reinado de Pasteur y su microbiología– representó una ruptura fundamental sólo cuando se desarrolló la fisiología de las enzimas” (3). Dado que la ciencia cambia inevitablemente –porque, para Canguilhem, es sobre todo un “sistema abierto”, es decir, influido por su entorno–, “hace y rehace espontáneamente su propia historia en cada instante” (4).

Esta sensación de la ciencia que rehace su historia es aún más aguda en las disciplinas que no han alcanzado el alto grado de formalización de las matemáticas. Por eso Canguilhem centró sus estudios, casi con exclusividad, en la biología y la medicina: las ciencias de la vida. Hizo “bajar de las alturas” a la historia de la ciencia, hacia las “regiones intermedias” en las que el conocimiento depende claramente del entorno exterior.

El resultado es que la verdad y el error, como afirmaba Nietzsche, son los que se ven desde una perspectiva concreta. Lo que resulta importante e interesante en la historia de la ciencia es lo que parece serio desde la perspectiva del presente. Así lo aclara la afirmación de Canguilhem de que “es en el presente donde los problemas incitan a la reflexión” (5). Sólo por esta razón, no puede existir una historia de la ciencia totalmente neutral. Es preciso reconocer, en primer lugar, que una versión concreta de la verdad y el error podría ser falsa y, en segundo lugar, que, en cualquier caso, el hecho del error –o la falsedad– puede ser tan revelador de la historia de la ciencia como la “verdad”. Por consiguiente, el objetivo de Canguilhem pasa a ser, no el descubrimiento de la verdad, sino la búsqueda de un modo de establecer el conocimiento de cómo se constituyen lo verdadero y lo falso en un momento determinado de la historia de la ciencia. En este plano, un modo de construcción de dicha dicotomía puede ser, y frecuentemente es, discontinuo respecto a otro. La discontinuidad, en resumen, implica la visión de la historia de la ciencia como una serie de correcciones realizadas por la propia ciencia.

Aunque, en su obra posterior, Canguilhem ha escrito sobre Darwin y su relación con sus predecesores y precursores, su trabajo más conocido e influyente, como muestra de su enfoque de la historia de la medicina, es Le Normal et le patbologique (lo normal y lo patológico), publicado por primera vez en 1943 y reeditado y aumentado en 1966. El texto pretende contribuir a explicar la diferencia entre lo normal y lo patológico examinando cómo se han desarrollado dichos conceptos en la fisiología y la biología durante los siglos xix y xx. La pregunta que guía el estudio es: ¿Cómo se establece lo normal en biología y medicina? Al decir normal, podríamos referirnos a la buena salud, frente a la enfermedad, o a lo que se considera patológico. Por otro lado, si hablamos de la vida en su conjunto, la enfermedad, o lo patológico, debería incluirse, en cierto sentido, dentro del concepto de “normal”.

Durante el siglo xix, se consideraba que la medicina era la ciencia de las enfermedades y la fisiología, la ciencia de la vida. Pero esta dicotomía se ve alterada por una pregunta: ¿La enfermedad no forma parte de la vida? O, en otras palabras, ¿Se puede construir plenamente una fisiología sin hacer referencia a la enfermedad? Para los griegos clásicos, normal equivalía a armonía y equilibrio, mientras que enfermedad equivalía a desequilibrio, “disarmonía” o “anormalidad”. Los prefijos “dis-” y “a-” implican una discontinuidad entre lo normal y lo patológico. En gran parte gracias al trabajo de Claude Bernard en fisiología experimental, la medicina del siglo xix desarrolló una concepción cuantitativa (muy relacionada con los niveles de excitación) de la diferencia entre lo normal (salud) y lo patológico (enfermedad). La enfermedad pasó a ser un estado hiper– o hipo-normal. Dicho de otra forma, para Bernard, existía una relación de continuidad entre la buena salud y la enfermedad. Conocer la fisiología del cuerpo normal era entrar también en contacto con la base del cuerpo enfermo. En resumen, mediante el paradigma cuantitativo, la buena salud (lo normal) era una vía al conocimiento de lo patológico.

En el siglo xx, el trabajo de René Leriche altera la perspectiva cuantitativa del enfoque positivista. Para Leriche, la salud es equivalente al “silencio del cuerpo en sus órganos”. La salud (lo normal) se convierte ahora en lo que se da totalmente por descontado; el bienestar es el cuerpo que no se experimenta o se conoce como tal; se cree que el conocimiento del cuerpo es posible sólo partiendo de la perspectiva de lo patológico, de la medicina, y no de la fisiología.

No obstante, queda aún por establecer el carácter de lo patológico. Claramente, esta cuestión puede abordarse desde el punto de vista de alguien que se siente enfermo o desde el punto de vista de la propia medicina, en cuyo caso quizá sea posible establecer, en términos estrictamente médicos, la existencia de una condición patológica antes de que la persona involucrada tenga conocimiento consciente de ella. Si bien la tecnología más avanzada puede contribuir a arrebatar el conocimiento de la enfertnedad al paciente, Canguilhem, tras una reflexión que recorre su libro de principio a fin, destaca que el médico suele olvidar que, en definitiva, “es el paciente quien le llama”. Este recuerdo de algo obvio le permitirá subrayar que la distinción entre fisiología y patología no puede tener más que “significación clínica”. Se trata de un punto fundamental. Frente a lo que él denomina el enfoque positivista de la ciencia, en el que es preciso saber para actuar, Canguilhem defiende la importancia de la “técnica”. Es decir, sólo mediante la referencia al entorno, o las condiciones de la existencia, en las que se dan la buena salud y la enfermedad (y no intentando construir teóricamente la distinción a priori), puede sostenerse la diferenciación entre ambas. La referencia a las condiciones significa que la distinción entre lo normal y lo patológico debe seguir siendo provisional y continuamente abierta al cambio. En lugar de cerrar vías para la expansión de los medios humanos, la visión de Canguilhem parece llevar a su profundo perfeccionamiento.

Otro tema importante que recorre la obra de Canguilhem es el relativo a la definición formal de lo normal. Uno de los modos en que se ha definido lo normal es en relación con la norma estadística. Para Canguilhem, las investigaciones del siglo xx han sido capaces de demostrar que un ser vivo puede ser perfectamente normal aunque guarde poca relación con un promedio estadístico. En realidad, un monstruo (una anomalía) podría ser muy normal en el sentido de que constituye su propia norma respecto al entorno en el que se encuentra. “Si se toma aislado, el ser vivo y su entorno no son normales: es su relación lo que los hace así” (6). Una anomalía puede ser rara y, aun así, seguir siendo normal.

En su estudio detallado de la diferencia entre enfermedad y salud, Canguilhem muestra que, aunque el límite entre lo normal y lo patológico es impreciso, ello no implica continuidad entre ambos. Sin embargo, cuando se concibe la vida como una especie de totalidad, debe reconocerse también que la enfermedad no puede ser anormal en ningún sentido absoluto. Si alguien no experimentase mala salud, los resultados serían nocivos porque, dado que el ser vivo es fundamentalmente un sistema abierto, necesita una forma de iniciar nuevas condiciones mediante la superación del tipo de obstáculos que plantea la enfermedad. “El hombre sano no huye ante los problemas planteados por las alteraciones, a veces repentinas, de sus costumbres, ni siquiera en términos fisiológicos; mide su salud en relación con su capacidad de superar crisis orgánicas para establecer un nuevo orden” (7).

En la ciencia médica del siglo xx, nos encontramos con que la salud no es la ausencia total de enfermedad, sino la capacidad de restaurar un estado anterior mediante un esfuerzo que puede modificar la base estructural de la persona afectada. Esta modificación de la base estructural, equivalente a la interacción del ser vivo con sus condiciones de existencia, no produce estados anormales, sino un proceso continuo de modificación de normas. En este sentido, afirma Canguilhem, los seres humanos son seres “normativos”, no porque se ajusten a las normas, sino porque crean normas, son sistemas abiertos que dependen de su entorno. Como confirma nuestro autor: “Las normas se relacionan entre sí dentro de un sistema” (8). La enfermedad –el obstáculo– es el estímulo necesario para la creación de normas que requiere la salud.

Dada la importancia del lugar que concede a lo patológico, Canguilhem se opone a las nociones psicosociales de la norma. Un ejemplo sería el trabajo de Talcott Parsons. Aquí se da por supuesta la norma previa de una sociedad de buen funcionamiento y más o menos ordenada, y la oposición a la norma, más allá de cierto umbral, se considera patológica y peligrosa para la existencia de dicha sociedad. Este tipo de teoría social ve la sociedad como un sistema relativamente cerrado en el que la “salud” se mantiene suscribiéndose a la norma, y no creando nuevas formas de normalidad.

En conjunto, para Canguilhem, la historia de la propia ciencia tiende a ser un sistema abierto, tal como implicaba Foucault. La ciencia “hace y rehace su historia en cada instante”; encuentra una norma, sólo para revisarla y transformarla. Por esa razón, suele ser un proceso de discontinuidad; una pluralidad de normas, debido a su mismo carácter, implica la discontinuidad entre ellas. La historia, como historia de la continuidad, como la idea del sujeto trascendental, es un sistema cerrado y fundamentalmente incapaz de cambiar en ningún sentido esencial. La historia discontinua, por tanto, siempre se plantea preguntas, como hizo Kant respecto a la Ilustración. Este principio de preguntar, quizá más que ninguna otra cosa, une a Foucault y Canguilhem, del mismo modo que éste se encuentra unido a los avances más importantes de la ciencia del siglo xx.

 

 

NOTAS

 

  1. Michel Foucault, “Introduction” en Georges Canguilhem, On the Normal and tbe Pathological, trad. de Carolyn R. Fawcett, Dordrecht, Holanda, Reidel Publishing Company, 1978, págs. ix-xx.
  2. Elisabeth Roudinesco, Jacques Lacan and Company. A History of Psychoanalysis in France, 1925-1985, trad. de Jeffrey Mehlman, Chicago, University of Chicago Press, 1990, pág. 221. (Trad. esp.: Batalla de cien años, 1925-1985: Historia del psicoanálisis en Francia, Madrid, Fundamentos, 1993.)
  3. Foucault, “Introduction” en Georges Canguilhem, On tbe Normal and tbe Patbological, pág. xiv.
  4. Ibíd.
  5. Canguilhem, On tbe Normal and the Pathological, pág. 27.
  6. Ibíd., pág. 78.
  7. Ibíd., pág. 117.
  8. Ibíd., pág. 153.

 

 

PRINCIPALES OBRAS DE CANGUILHEM

 

Le Normal et le patbologique (1943, 1966), París, Presses Universitaires de France, 1988 (2ª. ed.).

El conocimiento de la vida (1952), Barcelona, Anagrama, 1976.

Études d’histoire et de philosopbie des sciences, París, Vrin, 1975.

Formation du concept de réflex aux XVII et XVIII siècles, París, Vrin, 1977.

Idéologie et rationalité dans l’histoire des sciences de la vie (1977), París, Vrin, 1981 (2ª. ed.).

La Santé: concept vulgaire et question philosophique, Pin-Balma, Sables, 1990.

 

 

OTRAS LECTURAS

 

FOUCAULT, Michel y BURCHELL, Graham: “Georges Canguilhem: Philosopher of error”, Ideology and Consciousness, 7 (otoño de 1980), págs. 51-62.

LECOURT, Dominique: Marxism and Epistemology: Bachelard, Canguilhem and Foucault, trad. de Ben Brewster, Londres, NLB, 1975.

SPICKER, Stuart: “An introduction to the medical epistemology of Georges Canguilhem”, Journal of Medicine and Philosophy, 12, 4 (noviembre de 1987), págs. 397-411.

 

 

 

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