Giddens, Anthony

8 Oct

GIDDENS, Anthony

Reino Unido, 1938. Estudió filosofía en la Universidad de Hull (Inglaterra) y ciencias sociales en la Facultad de Económicas de la Universidad de Londres. Actualmente enseña sociología en la Universidad de Cambridge y es Fellow del King’s College con sede en dicha universidad. Como profesor invitado, dicta seminarios en las universidades de Stanford y de Santa Bárbara (California).

La indagación sociológica reciente da cuenta de una tensión básica, a menudo irresuelta en la teoría social, entre una posición objetivista y otra subjetivista. Este movimiento pendular lleva a que se considere que los procesos sociales están determinados por estructuras que rigen independientemente de la voluntad de los actores, o bien a sostener que son estos últimos quienes con sus motivaciones y proyectos están en el origen de las instituciones y de las transformaciones sociales.
Anthony Giddens se propone responder a este desafío desde el inicio de sus planteamientos teóricos. Su obra, hasta finales de los años ochenta, se desarrolla según un itinerario que asume una doble estrategia: suprimir el dualismo entre estructura y acción, y revitalizar el pensamiento social crítico en contra de lo que denomina “el consenso ortodoxo”, entendiendo por tal una visión evolucionista y parsoniana en el pensamiento social. El funcionalismo y el estructuralismo, pero también las teorías accionalistas tienen defectos que Giddens destaca. Los señalados en primer término dejan poco espacio para la teoría de la acción. En algunas versiones, los agentes se transforman en meros soportes de las estructuras, en otras se disuelven en una serie de signos que ahogan la subjetividad. A su vez, las teorías interpretativas privilegian al actor, pero deben ser complementadas con un estudio de los aspectos restrictivos de las propiedades estructurales de los sistemas sociales.
Su teoría de la estructuración está constituida alrededor de la idea del carácter fundamentalmente repetitivo de la vida social y diseñada para expresar la dependencia mutua de la estructura y el agente en términos de espacio y tiempo. Ello significa que prácticas sociales ubicadas en un espacio y tiempo se hallan en la raíz de la constitución tanto del sujeto como del objeto social.
Giddens define la estructura como la articulación de reglas y recursos implicados de manera recursiva en la reproducción de las prácticas sociales. Las reglas son procedimientos generalizables utilizados por los actores; es un “saber de regias al estilo de Wittgenstein, incorporadas prácticamente, tácitamente entendidas y constitutivas de sentido, a la vez que sancionan modos de conducta social. Por lo tanto, la estructura es a la vez el instrumento utilizado por actores en contextos especificables y el resultado de la reproducción de las prácticas. La constitución de agentes y estructuras no son pues dos conjuntos de fenómenos dados independientemente, no forman un dualismo, sino que constituyen una dualidad: “la dualidad de la estructura”.
Sostiene Giddens que las propiedades estructurales existen sólo en la medida en que la conducta social es reproducida recurrentemente en el espacio y el tiempo. Las instituciones son los rasgos más duraderos de la vida social; así, hay formas institucionales que se extienden por inmensos recorridos de espacio y tiempo conformando sistemas sociales. Las sociedades son definidas como sistemas donde principios estructurales concurren a producir una serie de instituciones discernibles en un espacio y un tiempo.
Pero toda reproducción es al mismo tiempo producción, la semilla del cambio existe en cada acto que contribuye a la reproducción de cualquier forma ordenada de vida social. Por eso, toda acción implica lógicamente “poder” en su acepción más amplia, capacidad del agente para producir una diferencia en el mundo; el poder en sentido restringido, relacional, es una propiedad de la interacción y puede ser definido como la capacidad para asegurar resultados, donde la realización de esos resultados depende de la actividad de otros. Éste es el poder como dominación tal como es teorizado por Max Weber y que Giddens recoge. En la interacción social, los agentes aportan cuotas diferenciales de poder, ya sea éste resultado de la destreza superior lingüística o dialéctica en una conversación; de conocimientos técnicos; de la movilización de recursos de asignación –materiales– o de autoridad. Y esto se da también a nivel de las culturas y sistemas globales. Esta afirmación es de crucial importancia, puesto que sostiene que en todo marco de significación, esto es, en todo orden simbólico, están presentes estructuras de dominación. En abierta polémica con Habermas, argumenta Giddens que al ser dominación y poder inherentes a una acción humana en cuanto tal, son inerradicables del discurso y de cualquier sociedad conjetural del futuro.
Importa entonces subrayar, en consonancia con lo expuesto, la crítica de Giddens a la teoría social: ésta es incapaz de considerar adecuadamente el papel que desarrollan los actores y su relación con las instituciones en la reproducción y transformación social; presenta un tratamiento inadecuado del poder y una teorización distorsionada del tiempo y del espacio y, con ello, del cambio social. En este sentido insiste enfáticamente en la necesidad de apropiarse de las categorías de tiempo y espacio de un modo distinto de como lo ha hecho el evolucionismo en sus vertientes parsoniana o marxista. En el primer volumen de A Contemporary Critique of Historical Materialism se propone una “deconstrucción” del pensamiento de Marx, revalidando la visión discontinuista de la historia presente en obras como los Grundrisse, o pasajes de El Capital, en que considera el capitalismo como “lo otro” respecto de cualquier formación anterior y en los que su reflexión sobre la historia rompe con la idea de un devenir regido ineluctablemente por el desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo –resalta Giddens–, hay en Marx específicas ausencias que en la modernidad tardía requieren una nueva forma de teoría crítica. Es pues necesario repensar el fenómeno de los Estados nacionales, del poder militar y de la violencia; en cuanto al concepto de “explotación” circunscrito a la venta de la fuerza de trabajo, resulta estrecho en relación con fenómenos como la explotación étnica o sexual.
El énfasis en la reformulación de la Teoría social que Giddens propone resulta esencial dentro de su modelo interpretativo, ya que considera que la Teoría, en tanto que registro reflexivo de la vida social, tiene un impacto práctico sobre su objeto de estudio; ello significa que, epistemológicamente, la relación entre Teoría social y su objeto –las acciones humanas– ha de entenderse en términos de una “doble hermenéutica”: el desarrollo de la Teoría es dependiente de un mundo preinterpretado en el que los significados desarrollados por sujetos activos entran en la constitución o producción real de ese mundo; la verstehen es, pues, la condición ontológica de la sociedad humana tal como es producida y reproducida por sus miembros. A la vez, el científico social debe ser capaz de “comprender” penetrando hermenéuticamente en la forma de vida cuyas características quiere explicar. Por otro lado, las nociones acuñadas en los metalenguajes de las ciencias sociales reingresan rutinariamente en el universo de los actores legos modificando su autocomprensión y sus prácticas. Los seres humanos no son, entonces, meros objetos inertes de conocimiento, sino agentes capaces de –y dispuestos a– encarnar la teoría social e investigar sobre su propia acción. De aquí que la teoría social esté imposibilitada de dar leyes universales inmutables, al modo de las ciencias naturales.
Si en la etapa que corre hasta finales de los años ochenta Giddens privilegia en sus análisis la dimensión societal, y con ello la relación agente-estructura, a partir de la publicación de Consecuencias de la Modernidad la problemática de los sistemas intersociales en un mundo globalizado adquiere singular relevancia. Centrándose en el carácter discontinuista y multidireccional del cambio social que había señalado en obras anteriores, su análisis institucional de la modernidad resalta la ruptura que ésta supone respecto de cualquier orden tradicional. Así, las instituciones modernas se distinguen por su dinamismo, el grado en que desestiman los usos y costumbres tradicionales y por su impacto tanto en extensión cuanto en intensidad. Extensivamente han servido para establecer formas de interconexión social que abarcan el globo terráqueo, promoviendo mecanismos de desanclaje respecto de contextos locales de interacción; intensivamente, han alterado algunas de las más íntimas y privadas características de la cotidianidad, y con ello de la identidad del yo. Pero la pérdida de la seguridad de tradiciones y costumbres no ha sido sustituida por la certidumbre del conocimiento racional. Por el contrario, al instalar la duda radical, la modernidad resalta la provisionalidad y la incertidumbre; es por ello esencialmente una cultura de la sospecha: “¿cómo justificar nuestro compromiso con la razón en nombre de la razón?” A este enigma de la circularidad de la razón que se instala con Nietzsche, se agrega otro hecho, que Giddens destaca: la modernidad “reciente” es apocalíptica, no porque se encamine inevitablemente hacia la catástrofe, sino porque implica riesgos de destrucción masiva que las generaciones anteriores no tuvieron que afrontar. Sin embargo, riesgo y “fiabilidad” van entretejidos en la modernidad de un modo específico y así el peligro es contrarrestado por una confianza o fe en los sistemas abstractos –formas de conocimiento experto– y en las señales simbólicas –medios de intercambio como el dinero– que prestan “seguridad ontológica” a los actores respecto de la continuidad de su identidad y de la de sus entornos sociales o materiales de acción. Giddens entiende que la acentuación de estas transformaciones –y pese a las consideraciones de los pensadores posmodernos– no supone haber ido más allá de la modernidad, sino que se vive su etapa de radicalización en la que sus rasgos se universalizan formando un genuino marco histórico mundial para la acción y la experiencia. Consecuente con esta misma orientación es su tesis de que la globalización no es primariamente un fenómeno económico ni político, sino que se refiere a una reorganización del espacio y el tiempo. La capacidad de “acción a distancia” –que hace que lo local y lo mundial se impacten mutuamente– en la modernidad reciente se relaciona con la emergencia de medios instantáneos de comunicación impresos y electrónicos, y con la revolución en los transportes; éstos crean un mundo único en el que, sin embargo, se generan nuevas formas de fragmentación, marginación y exclusión. Por ello, la globalización es un fenómeno complejo que actúa a menudo en sentidos contradictorios; así, el surgimiento de un “orden social postradicional” va acompañado de un renacer de los nacionalismos y de identidades arcaicas que se le oponen. En cuanto a su discusión de la subjetividad, Giddens enfatiza que la “identidad del yo” debe ser entendida reflexivamente, como continuidad en el tiempo y el espacio de una biografía que es continuamente interpretada reflejamente por el agente; ello incluye el control reglado del cuerpo y de las “actuaciones” efectuadas en situaciones sociales concretas. Y esta disciplina corporal es, según Giddens, intrínseca al agente social competente, es una calidad transcultural, más que estar vinculada al poder disciplinario de la modernidad según la teorización de M. Foucault y que nuestro autor considera que presenta –respecto del cuerpo y también de la sexualidad– un tratamiento “esencialmente insuficiente”. Pero esta continuidad biográfica del yo en condiciones de modernidad tardía sufre un proceso de intervención y transformación constante signada por la reflexividad dominante; por eso, la planificación de la vida, organizada de forma refleja y que presupone una ponderación de los riesgos filtrada por el contacto con el conocimiento de los expertos, se convierte en el rasgo central de la estructuración de la identidad del yo. Esto transmuta radicalmente las relaciones personales en lo que Giddens denomina “transformación de la intimidad”, entendiendo que la nueva intimidad se encamina hacia el desarrollo de “relaciones puras” –que nada tienen que ver con la pureza sexual– y que en cambio son aquellas en que han desaparecido los criterios externos y donde la relación existe tan sólo por las recompensas que puede proporcionar por ella misma. Dichas relaciones nacen ante todo en el terreno de la sexualidad, el matrimonio y la amistad, aunque es quizás en el primero de los ámbitos citados donde se expresa con mayor intensidad, debido a que, como señala Giddens en La transformación de la intimidad: “…el sexo se proyecta siempre en el dominio público y –sobre todo– habla el lenguaje de la revolución”. Consecuente con esta afirmación, sus últimas producciones apuntan al desarrollo de una “política de la vida” interesada en la realización del yo tanto individual cuanto colectivo y que surge a la sombra de la “política de emancipación”.

Ana María García Raggio

Bibliografía:
Capitalism and Modern Social Theory, 1971 (trad. esp., El capitalismo y la moderna teoría social, 1977).
Politics and Sociology in the Thought of Max Weber, 1972 (trad. esp., Política y sociología en Max Weber, 1976).
The Class Structure of Advanced Societies, 1973 (trad. esp., La estructura de clases en las sociedades avanzadas, 1979); ed. revisada, 1981 (nueva trad., 1983).
Positivism and Sociology, 1974 (en colaboración).
New Rules of Sociological Method. A Positive Critique of Interpretative Sociologies, 1976 (trad. esp., Las nuevas reglas del método sociológico, 1987).
Studies in Social and Political Theory, 1977.
Central Problems in Social Theory, 1979.
A Contemporary Critique of Historical Materialism, I: Power, Property and the State, 1981. Durkheim, 1981.
Social Class and the division of Labour, 1982 (en colaboración).
Profiles and Critiques in Social Theory, 1982.
The Constitution of Society. Outline of de Theory of Structuration, 1984 (trad. esp., La Constitución de la sociedad. Bases para una teoría de la estructuración, 1995).
A Contemporary Critique of Historical Materialism, II: The Notion State and Violence, 1985.
Social Theory and Modern Sociology, 1987.
Social Theory Today, 1987, en colaboración (trad. esp., La teoría social hoy, 1990).
Sociology, 1989 (trad. esp., Sociología, 1991).
The Consequences of Modernity, 1990 (trad. esp., Consecuencias de la Modernidad, 1993).
Modernity and Self-Identity, 1991 (trad. esp., Modernidad e identidad del yo, 1995).
The Transformation of Intimacy, 1992 (trad. esp., La transformación de la intimidad, 1995).
A Contemporary Critique to Historical Materialism, III: Beyond Left and Right, 1994.
Reflexive Modernization, 1994 (en colaboración).
Politics Sociology and Social Theory. Encounter Classical and Contemporary Social Thought, 1995.

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